domingo, 23 de noviembre de 2008

Canalleo PL

Ayahuasca. Viaje al país de los muertos

12/09/2008

Ariadna Bielban

Ayahuasca. Viaje al país de los muertos

Los chamanes llaman a la ayahuasca liana de los muertos, porque esta planta trepadora permite un salto sin red al más allá. Nuestra reportera viajó a la selva amazónica y se puso en manos de una chamana capaz de llevarla al lado oscuro del subconsciente.

Durante años, había escuchado historias míticas sobre la ayuahuasca: desde los que te contaban que era una experiencia religiosa hasta las leyendas oscuras de locura inducida por la mística planta. Hace poco, quiso la casualidad que anduviera yo por Perú y que contactara con chamanes que organizaban rituales de ingesta de la planta sagrada. Para ellos no es una droga, sino una religión y una medicina. Aseguran que el chamán en su trance de ayahuasca puede curar tu cuerpo y tu espíritu. Siendo sincera, ninguna de las dos razones me motivaba: ando bien de salud y a mi espíritu le sobra estrés y le falta fe. Pero como gata curiosa que soy, deseaba conocer una droga capaz de sostener una religión.

Antes de tomar la planta, fui a un par de sesiones como espectadora. No se lo recomiendo a nadie, porque te entran ganas de apartar de ti ese cáliz. Una de las cosas que aprendes es que, antes que la planta haga su efecto, la tienes que vomitar. Estar a oscuras con tambores, cantos y el ruido de vomiteras incesantes no es la idea que una tiene a priori de un viaje iniciático. Pero estaba dispuesta a perseverar. Seguí las indicaciones que me marcaron: no podía beber alcohol, tomar cerdo ni practicar sexo ni tres días antes ni tres días después de la sesión. Me decidí por una chamana encantadora y me fui al patio de su casa con unas diez personas más a ver de qué iba todo aquello. Me puso un pañuelo rojo en la cabeza, para que los malos espíritus no atacaran mi testa. Uno a uno a uno, desfilamos para tomarnos un vasito de ayahuasca, que era un chupito que sabía a rayos y centellas, lo más amargo que he probado en mi vida. Pronto sentí que llegaba el momento de expulsarla y muy digna yo, quise llegar hasta un retrete que había en el patio.Mis compañeros de viaje me tendían sus manos para que no trastabillara por el camino. Y cuando llegué a mi destino, ahorraré los detalles escatológicos, pero aquello era el infierno. Me encontraba fatal. De repente, pensé: ¿qué hace una occidentalita como yo sufriendo voluntariamente esta tortura? Sin respuesta, me arrastré con la cabeza navegando en un barco a la deriva hasta mi silla.

Las alucinaciones

Como el mundo real era una lavadora en pleno centrifugado, cerré los ojos y empecé a ver extraños puntos de colores. Esos puntos edificaron imponentes templos mayas y aztecas. Yo nunca he estado en un lugar así, y entendí que la droga no estaba liberando mi subconsciente, sino que me estaba regalando su información. Lo más sorprendente de todo es la claridad de las visiones. No es imaginar, es ver con los ojos cerrados. Y además, en todo momento tuve la certeza de que se trataba de una alucinación y que podía volver a la realidad con sólo abrir los ojos. Pero lo que había a un golpe de párpado ya lo conocía. Bajo el telón se sucedían imágenes increíbles: estanques cristalinos, praderas, personajes desconocidos… Era como estar en el cine. A veces, quería ver con más detalle lo que ocurría en algún lateral de mi pantalla mental y movía la cabeza. Pero de nada servía, porque no estaba en el cine, sino que todo acontecía dentro de mí.

Mi chamana decidió que era hora llevarnos de excursión al infierno para que nos enfrentáramos a nuestros demonios y tocó los tambores. Es algo que mi lógica aún se resiste a entender: el sonido, combinado con la ayahuasca, te conduce a lugares predeterminados. Todos los allí presentes nos fuimos derechitos al Averno en cuanto sonó el maldito tambor. El mío era verde y negro, y pensé en el mal que me había hecho tanta cultura del diseño. Pero con los demonios no se puede bromear: se pusieron agresivos y pasaron del cine al Imax. Se hacían tridimensionales y me rugían, los muy desgraciados. Pero yo sabía que eran de pega y los observaba con más curiosidad que temor. Lo de las dimensiones es otra cosa que me llamó la atención: de repente, comprendías que las imágenes y los objetos aparecían por lugares que no eran arriba o abajo, a la izquierda o a la derecha. Había vectores que ningún delineante podría trazar, pero en mi cabeza existían con realidad milimétrica.

No calculé el tiempo, pero creo que mi viaje debió durar unos 45 minutos. Después hicimos una pausa y abrí los ojos. El mundo exterior había dejado de temblar, pero yo añoraba aquella realidad virtual que no precisaba de ordenador. Los instrumentos musicales y los cantos me acercaron de nuevo a aquel estado, pero yo sabía que aquello tocaba a su fin. Y cuando se dio por finalizada la sesión, después de hablar de lo que habíamos visto y que me resoplaran con una pipa para que no se me quedaran enganchados espíritus remolones, estaba completamente lúcida. No podía creérmelo: había tenido la alucinación más poderosa de mi vida y había vuelto a la realidad sin nada parecido a la resaca o el colocón. Pensé que si hubiera tenido mi moto aparcada fuera, no hubiera dudado en cogerla.

Tras la experiencia

Al día siguiente, fresca como una rosa, visité a mi dulce chamana. Ella interpretó varias de las cosas que había visto durante mi viaje. Me dijo que había superado muchos estadios. Vamos, que en el video-juego de la espiritualidad había pasado un montón de pantallas. Antes de que yo se lo contara, ella me describía algunas de las visiones que había tenido. Quise ser honesta y le expliqué que yo andaba un tanto descreída en cuestiones religiosas. Ella me contó que le pasaba a muchas de las personas que asistían a sus sesiones, pero que lo hacían para fomentar la creatividad. Me habló de cineastas famosos que recurrían a la ayahuasca para planificar sus películas. Y lo comprendí, porque sus visiones están llenas de planos imposibles que son una catarata de nuevas estéticas. Entendí también que se hubiera creado una religión alrededor de aquellas visiones tan potentes. Dicen que para notar sus resultados son necesarias tres sesiones al año, pero yo he percibido los efectos con sólo una. A veces, puedo imaginar cosas con más claridad y en contadas ocasiones, cuando estoy a punto de dormir, el negro de la noche va cambiando a imágenes no tan nítidas como las de la alucinación, pero siempre asombrosas. Creo que, como diría el escritor Aldous Huxley se me abrieron las puertas de la percepción. No sé qué pensar de lo que sucedió aquella noche y tampoco sé si alguna vez lo repetiré, pero tengo la certeza de que la ayahuasca es mucho más que un simple alucinógeno.

Los mejores países para probar la ayahuasca son Perú, Ecuador, Brasil, Colombia y Venezuela. En España: su importación es legal. Puedes encontrar más información en webs como www.ayahuasca-sabiduria.com/espanol/index.html, www.ayahuasca.wanamey.org/, www.ayahuasca-healing.net o komikame.wordpress.com. Lecturas recomendadas: ‘Las cartas de la Ayahuasca’, de Allen Ginsberg y William Burroughs (Ed. Anagrama), ‘Las enseñanzas de Don Juan’ de Carlos Castaneda (Ed. Fondo de Cultura Económica) y ‘Las puertas de la percepción’, de Aldous Huxley (Ed. Edhasa).

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