El caso de Sarah Michelle Gellar podría ser similar al de Reese Witherspoon, actriz recluida en producciones sectoriales (fundamentalmente, comedia juvenil) de taquillajes más que aceptables hasta que consiguió, interpretando a June Carter, el papel definitivo que le llevaría al Oscar. Claro que, aunque compartan cierto perfil, las diferencias son notables: Gellar carece del punto neoconservador que recorre las películas y los papeles de Reese y tiene más que ver con una chica de ciudad, pija dentro de la normalidad.
Aunque Sarah Michelle se hizo famosa por su lado oscuro y no dejaría de tener su gracia que la próxima novia de América fuese una cazavampiros. Más aún cuando el papel que la encumbró contenía algunas sorpresas. Aunque la serie viniese envuelta en ropajes adolescentes, no sólo se limitaba a sintetizar en una galería de monstruos las angustias existenciales de la llegada de la madurez: también gozaba de un componente femenino muy marcado y, sobre todo, de un imde p u l s o subversivo animado por el productor y creador de la serie, Joss Whedon. Así, la slayer no sólo convertía en polvo a los vampiros, también se acostaba con ellos. Y su pandilla de cazadores estaba compuesta por una pareja de lesbianas adolescentes (y brujas), una pareja heterosexual (de blancos pobres) que sólo pensaba en eso y un recatado instructor británico. La mezcla de la corrosión moral whedoniana y el rostro de Gellar, el de una jovencita dada a los agobios (con más aspecto de víctima que de verdugo), fue una de las bases para que la serie triunfara.
De modo que cuando Sarah Michelle afirma que tiene el físico perfecto para interpretar a una prostituta, como hace en la nueva de Richard Kelly, ‘Southland tales’ (“mi físico es el cruce entre una zorra y una actriz porno”), deberíamos entenderlo como un deseo de cambiar de papeles, de que el público y la industria la comiencen a percibir de modo distinto, mucho más que como la constatación de algo real. Sarah Michelle tiene el aspecto perfecto para muchas cosas, pero encarnar a una estrella porno no es una de ellas. Y tampoco parece tener la predisposición necesaria: cuando su entrenador le dijo que iban a trabajar el pecho para la supuesta escena de topless en su nueva película, Sarah le contestó: “Si me conoces, sabrás que eso no es cierto”.
De hecho, su vida parece haber estado ligada a cosas aceptables. No sabemos que se haya permitido más veleidades que algunos tatuajes (un símbolo celta sobre su cadera izquierda, un símbolo chino que significa integridad en la parte inferior de su espalda y un corazón con una daga en su tobillo derecho, más alguno de nuevo cuño) y eso no la convierte en una chica mala. Siempre ha sabido reservar su vida privada, incluso cuando el éxito de la serie la colocó en el primer plano. Quizá porque lleva toda la vida en este negocio (fue descubierta por un cazatalentos en un restaurante y con cinco años ya estaba trabajando en televisión) y ha sido instruida sobre las cosas que deben hacerse.
Por ejemplo, la mayoría de sus declaraciones conservan el aire de lo políticamente correcto. “Estoy en la plenitud física y no pienso en operaciones estéticas. Y no creo que lo considere en el futuro”, típica apreciación de actriz todavía joven. O, como decía hace años, “para que nadie sepa imde mi vida privada intento ser discreta y, sobre todo, no tener citas con gente de la profesión. Y menos aún con actores”. Por supuesto, está casada con uno de ellos, Freddie Prinze Jr., con quien no se le conocen desavenencias desde la celebración de su matrimonio en 2002.
Pero esa normalidad en la vida privada desaparece cuando llegan las películas, al revés de lo que ocurre con la mayoría de actores de Hollywood (buenos en la ficción, poco recomendables en la vida real). Los papeles que le ofrecen conservan normalmente un tono perverso. De hecho, muchos de los éxitos en la gran pantalla han estado relacionados con el género de terror: aparecía en ‘Scream 2’, en ‘Sé lo que hicisteis el último verano’ o ‘El grito’, adaptación de la película japonesa ‘The grudge’.
Repite ahora, en un cameo (está en pantalla lo justo para traspasar la maldición), en ‘El grito 2’. Y estrena ‘El regreso’ (Asif Kapadia, 2006), una producción que nos muestra por dónde van los caminos del terror contemporáneo. Si el varón adolescente prefiere películas como ‘La matanza de Texas’, ‘Saw’, ‘Hostel’, etc, vinculadas con el gore pero, sobre todo, con una crueldad gratuita y extrema, el público femenino opta por pagar la entrada de obras que privilegien el terror psicológico, las atmósferas opresivas y la amenaza que no se deja ver. Es decir, el modelo últimamente sostenido por el cine japonés.
De hecho, ‘El regreso’ se apoya en presupuestos argumentales muy similares a aquellos de los que surge la figura prototípica del cine de terror nipón, el Ju-on: alguien que ha sufrido de manera injusta –habitualmente un niño– y que regresa para vengarse. Pero la receta estadounidense tiene un par de ingredientes más. El primero de ellos es una cierta fascinación por los mensajes budistas. “Me interesaba mucho –asegura Gellar– el subtexto budista que contiene el guión, la idea de que la vida es algo cíclico. Vives tu vida y luego regresas y arreglas cosas de tu pasado. La película trata sobre eso, sobre la necesidad de dar por terminada tu vida antes de poder trascender a la siguiente y de lo que ocurre cuando no puedes terminar aquello que viniste a hacer a la Tierra”.
El segundo tiene que ver con el lado tormentoso de la protagonista, a la que le gusta infligirse dolor, “una forma de encontrarse a sí misma, de ser capaz de sentir algo”, según Sarah Michelle. “Es alguien que vive su vida pero no la siente, que es incapaz de conectarse a algo, y el único modo que tiene de regresar a la existencia es haciéndose daño. He hablado con gente que se ha hecho lo mismo que ella y parece que primero viene el dolor y luego, al sentirse vivos, una forma de euforia”.
Aunque la película también tiene mensaje, referido a un sector creciente del público: el de las mujeres que ya no son la segunda parte de la pareja: “Una de las cosas que me gustan de mi personaje es que representa a muchas jóvenes y mujeres de mediana edad que se encuentran fuera de lugar. Cree que siempre lo ha estado, que nunca ha tenido un lugar propio… y luego descubre que esa sensación era verdadera. Entonces pasa a la acción para descubrir cuál es su identidad, cuál es su lugar”.
Parece que Sarah Michelle también ha pasado a la acción: la cinta coral ‘Southland tales’, la película de animación ‘Happily...ever after’, la comedia ‘The girl’s guide to hunting & fishing’, los thrillers ‘The air I breathe’ y ‘Addicted’, además de ‘Alice’, una versión distinta de ‘Alicia en el país de las maravillas’, son sus próximos estrenos. Los suficientes –y de géneros muy dispares– como para pensar que 2007 será su año.