El arte tras la polémica

El director danés Lars von Trier vuelve a la carga con un drama intensamente sexual, esgrimiendo razones para convencernos de que el límite entre lo erótico y lo pornográfico es más difuso de lo que se piensa.

Los temas recurrentes de von Trier impregnan cada hilo que entrelaza al argumento de Nymphomaniac. Sexo, feminidad, Sade, satanismo, compasión, crueldad y enormes cantidades de la más refinada intelectualidad satisfarán al público que, libre de prejuicios, se atreva a mirar las 5 horas de los 2 volúmenes de esta película larguísima y extremadamente cautivadora.

Una noche, Seligman, interpretado por Stellan Skarsgard, encuentra a una mujer desmayada en un callejón. Está herida. Decide ayudarla. La lleva a su casa para curarla. Entonces la ninfómana Joe vuelve en sí y le cuenta la historia de su adicción al sexo.

Por un lado, Joe experimenta culpa por su incontenible lujuria; por otro lado es incapaz de concebir una vida que no satisfaga su desproporcionada libido. Siguiendo un orden cronológico, Joe narra su historia en 8 capítulos, los cuales se intercalan con los comentarios anecdóticos y analíticos de Seligman, un anciano virgen que ha dedicado su vida a la lectura y el estudio.

“Como se acostumbra con las películas de von Trier, la publicidad de Nymphomaniac no deja de lado la fotografía y el montaje de meticulosa estética.”

Esta película narra el encuentro de 2 opuestos: una hedonista (ninfómana) y un asceta (asexual) cuya misantropía, en apariencia, le ha despojado de sus instintos básicos. Aún así adolecen de algo en común: egoísmo. Ambos han preferido la comodidad de sus propias limitaciones; se han confinado a vidas enmarcadas en el individualismo, del placer carnal y de la erudición, respectivamente. El final de esta historia, con todo, revela que los convencionalismos sociales son acatados con mayor vehemencia desde el fuero interno, increpando a la autocensura, lo cual paralelamente enfatiza la importancia que el sexo tiene en la vida de los seres humanos, mismo que incluso hace las veces de analgésico para las más comprometidas situaciones emocionales como el luto.

La película ha sido dividida en dos volúmenes. La primera nos cuenta la travesía de una joven Joe, interpretada por Stacy Martin, que descubre el sexo, lo venera y explora hasta conseguir que nada en su torno escape a la vorágine de la lujuria.

“El elenco de la última película de von Trier (al centro, con gafas) incluye a dos de sus asiduos colaboradores: Skarsgard y Gainsbourg; además a las actrices revelación que saltan de la pasarela a la gran pantalla: Mia Goth y Stacy Martin.”

En el segundo volumen, la actriz Charlotte Gainsbourg encarna a una Joe madura que se ha enamorado, ha tenido un hijo y ha descubierto que, así como del amor al odio hay un paso, de la promiscuidad extrema a la frigidez, aunque sorpresivo, el camino también puede ser corto. Desolada por la pérdida de su quintaesencia, emprende la búsqueda de una cura y encuentra alivio en el sadomasoquismo. Tras abandonar a su hijo y a su esposo, decide ganarse la vida delinquiendo y es así como conocerá a “P” (Mia Goth), una adolescente, hija de criminales convictos que necesita compañía fraternal primero, sexual después.

Para el final de la historia, Joe se habrá refugiado en la homosexualidad, redescubriendo el amor y los celos, pero una coincidencia desafortunada la llevará a enfrentar su vida pasada y encarar la muerte.

Sexo, erotismo y pornografía

Hay quienes piensan que el sexo es el fin último de todas nuestras acciones, lo cual tácitamente despoja al amor de su importancia. Ensayar interpretaciones al respecto, asociándolas con Nymphomaniac, podría llevarnos a concluir que Joe encuentra sentido a su existencia mediante el sexo, pues es su mayor fuente de placer y, como cualquier otro adicto, hará lo que sea para seguir accediendo a él, aún a costa del bienestar familiar, de la estabilidad laboral y de la integridad física y psíquica.

¿Puede de este modo evidenciarse un antagonismo entre placer y felicidad, entre sexo y amor? Es una pregunta a la que solo puede responderse individualmente. En todo caso, para la historia que nos concierne, Joe responderá que sí, abandonando a su hijo, a su esposo y eventualmente al mundo civilizado, tornándose una antisocial. Pero, concebir a Joe como alguien que solo persigue vano placer carnal es un error. Joe disfruta identificando el paralelo entre la personalidad de sus amantes y la forma en que estos consuman el acto sexual, las cualidades y defectos particulares que ostentan para enamorar o para aliarse a su hedonismo. Y es esta aguda e inteligente sensibilidad la que delata al espíritu creativo y ávido de estética de la protagonista.

Algo muy parecido sucede enLa insoportable levedad del ser de Milan Kundera, con la distinción que en esa novela se hace entre el mujeriego épico y el lírico: uno conquista por el banal placer de ganar la batalla, el otro se regocija presenciando la manera con que cada nueva amante experimenta el clímax, con gestos y sonidos singulares que le deslumbran desde un punto de vista artístico.

La descripción barroca con la que Joe nos pone al tanto de su psiquis y nos presenta a sus amantes resalta el erotismo de este filme, sin con ello restarle importancia al lado pornográfico que para efectos de estremecer a la audiencia es implacable.

Si la antinomia (o coexistencia paradójica) de lo erótico y lo pornográfico es reconocida con admiración en libros sagrados como el Kama Sutra (sagrado en tanto que es uno de los pilares del hinduismo liberal), no cabe duda de que en la última obra de von Trier merece igual respeto.

Sade y la condena a la sexualidad femenina

Con la hedonista Joe, el director de El anticristo nos hace testigos de una nueva situación sadeana: la ninfómana busca placer a cualquier precio, por todos los medios. Al contrario de lo que ocurre en la mayoría de fábulas del “divino Marqués”, la protagonista es víctima de sus propios deseos, no de los ajenos; es presa de una obsesión con la que arrastra también a sus amantes hacia la desgracia. Sade hacía de sus heroínas objetos de deseo vulnerables y desamparadas en un mundo regido por el insaciable apetito sexual masculino. von Trier, con una óptica actualizada, moldea con Joe a una mujer deseada que desea, que goza y saca ventaja de su atractivo físico, de la desproporcionada libido que posee y que al mismo tiempo la posee a ella.

Joe es una Justine a la inversa que reafirma su identidad mediante el sexo, que se siente libre y en derecho de hacer con su cuerpo, y los de los que la desean, lo que le place. Es decir, tiene una naturaleza masculina, y en ese aspecto, esta película, como es costumbre del consagrado director danés–alemán, hace de su protagonista una denuncia viviente de los prejuicios que aún aquejan a las mujeres (como lo hacía Sade también), pero deja claro que en un mundo cada vez más liberado, la dicotomía de la víctima y el victimario es, asimismo, cada vez más común.

De ahí que en la escena donde actúa Uma Thurman (robándose por completo, espectacular e inmisericordemente, la escena), como la esposa de uno de los amantes de Joe, sea el hombre la víctima, el juguete desechable. ¿Se habría percibido con mayor normalidad que Joe fuera el juguete de un hombre lujurioso? Seligman sugiere que sí, porque la sociedad condena los pecados pasionales femeninos, mientras ignora deliberadamente los masculinos. Y es que en nuestro contexto cultural, mientras un mujeriego es observado con fascinación, se califica de prostituta a una mujer que, como los hombres, procura acostarse con cualquiera que le guste.

Este aparente prejuicio bien podría tener una justificación biológica: la diferencia trascendental para considerar mucho más peligrosa esa actitud en una mujer atractiva radica precisamente en que a los hombres las mujeres les dicen “no” sin importar del todo el aspecto físico; pero, ¿cuántos hombres están dispuestos a decirle “no” a una mujer bonita? Y, de generalizarse esta actitud en la población femenina, ¿qué devastadoras consecuencias demográficas tendría aquello?

Desmond Morris es uno de los científicos que más ha contribuido a la difusión de la antropología y la etología, valiéndose de la televisión y la literatura.

Desmond Morris, autor de Masculino y femenino, claves de la sexualidad, explica cómo las diferencias entre hombres y mujeres nos distancian pero complementan. Específicamente en lo que tiene que ver con sexualidad, menciona que la enorme libido del hombre, en relación a la de la mujer, obedece a que su misión biológica es reproducirse tanto como pueda, mientras que, por su parte, la mujer tiene como misión biológica prioritaria procrear y cuidar su prole, lo cual le impele a buscar el mejor candidato para padre de sus hijos; y debido a que la capacidad de concebir es limitada, su apetito sexual es mucho menor que el del hombre.

La ninfómana es un paria, no por satisfacer su deseo a pesar del rechazo social sino por que, en términos antropológicos, se halla al margen de lo tradicionalmente aceptado: “(…) más que moldear la civilización al moderno comportamiento sexual, ha sido el moderno comportamiento sexual el que ha dado forma a la civilización”, señala Desmond Morris en El mono desnudo.

Fibonacci y el Satanismo

La iniciación sexual de Joe empieza con Jerôme (Shia LaBeouf) penetrándola un número de veces que corresponde a la secuencia de Fibonacci. Si se tiene en cuenta que esta sucesión se relaciona al satanismo y al infinito podría considerarse esto como un hechizo que condena a Joe a la ninfomanía para siempre.

Aún así, lo prudente al buscar sentido a la frecuencia con que la temática del satanismo aparece en la obra de von Trier es asociarla a la obstinada crítica que de lo convencional hace el artista danés. von Trier parece estar continuamente atacando los parámetros con que la sociedad juzga a los que se alejan de ella, por ejemplo mediante el rechazo a la religión occidental más influyente, la católica, denunciando su tendencia a separar la dialéctica del instinto: la prédica católica condena el sexo por placer, lo considera inmerso en la perversidad, coadyuvante del vicio.

A manera de breve contexto, hay que mencionar que Fibonacci fue unos de los matemáticos más importantes de la Edad Media. Tal es su trascendencia que se le atribuye el mérito de introducir los números arábigos en el mundo occidental. Asimismo, este erudito italiano descubrió que una serie de números en la cual el tercero resulta de la suma de los 2 que le preceden es un patrón que se repite constantemente en la naturaleza. El número de pétalos de las flores, sin importar su especie, corresponde a un número de la sucesión de Fibonacci; la proporción del tamaño de las falanges de los dedos de la mano humana corresponde a dígitos de esta sucesión; el rectángulo áureo, que sirve de guía para la obtención de simetría en el arte, y explica la belleza en afortunados rostros humanos, se construye con números de esta sucesión.

“Al construir bloques cuya longitud de lado sean números de Fibonacci se obtiene un dibujo que semeja el rectángulo áureo.”

Aunque hay opiniones encontradas respecto a la alusión de la secuencia de Fibonacci en Nymphomaniac -algunos encuentran forzada la forma en que se la introdujo en la película-, lo cierto es que se repite a lo largo de toda ella mediante la banda sonora. Las piezas de Bach que se escuchan en el largometraje supuestamente habrían sido construidas desde la matemática, también con la secuencia de Fibonacci.

“Quienes creen en el rectángulo áureo como principal canon de belleza en el arte sostienen que el Partenón fue construido también con ese precepto”

Actuación: el Método Dogma

Celebridades de la talla de Uma Thurman y Willem Dafoe participan en una cinta donde los cuerpos de los actores de la gran pantalla se fusionan digitalmente a los genitales de actores porno para crear una explicitud ilusoria.

Si nos intriga el motivo por el cual semejantes monstruos del cine se unieron al elenco de una película así de controversial, lo más probable es que deduzcamos que la astucia y la temeridad, que propician a lo llanamente sórdido dar paso a lo profundamente artístico, son de una atracción ineludible. Y esas habilidades tan insólitas se le dan muy bien al genio escritor y director danés. A los actores de von Trier les agrada en especial la instrucción libre pero precisa (método Dogma): “Te indica dónde tienes que llegar pero no te dice cómo; te señala la meta, pero tú debes encontrar el camino”. De ahí que la improvisación sea la clave para que los actores de las películas de Trier actúen con semejante naturalidad y convencimiento de encarnar a sus personajes.

Lars von Trier: el infante terrible

Con Nymphomaniac, von Trier cierra su “Trilogía de la depresión”, sin dejar a un lado las extrañas circunstancias que caracterizan a sus producciones: se necesitó de actores porno para este film. Bjork peleaba constantemente con el cineasta, se dice que le escupía al finalde las discusiones, durante la filmación de “Bailarina en la oscuridad”. Respecto a Dogville, se corrió el rumor de que von Trier dirigía desnudo para sacar del tedio a sus actores y conseguir mayor espontaneidad en su trabajo.
A estas alturas, von Trier puede hacer con el séptimo arte lo que le viene en gana: darse el lujo de escuchar las súplicas de Nicole Kidman para volver a participar en sus películas; recibir las cartas más lisonjeras de los agentes de la crema y nata de Hollywood, mendigando algo de atención para sus representados; fraguar defensas convincentes de una ninfómana, de un asexual y de un pederasta pasivo en Nymphomaniac.

Su formidable forma de expresar los sentimientos femeninos, desde el cine, le han convertido en foco de atención de artistas como Bjork (Bailando en la oscuridad) y Kirsten Dunst (Melancholia), reconocidas celebridades que critican el feminismo en tanto que pretende idealizar a la mujer, subestimar su libido, achacando al hombre lo que consideran un “defecto” inherente a la naturaleza masculina. Desde la lógica de von Trier, la exploración de lo femenino en el cine aún adolece de taras provenientes tanto del machismo como del feminismo y contra esos obstáculos, con sus historias, mantiene una encarnizada batalla.

El infante terrible del cine europeo puede, hoy por hoy, hacer del cine un juguetito maleable que, sin importar la forma que tome, nos estremecerá hasta el tuétano.

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